Llegó el día que me habían dado para hacerme el tatuaje y me fuí al local de tattoos. Aisea pasó de acompañarme, prefirió quedarse con sus amigos, Juaniyo y Gourmet. Llegué a la tienda y el dueño me condujo a una habitación y me dijo que esperara allí, que no tardaría en llegar Lince. (Lince era la chica que me iba a hacer el tatuaje).
Así fué. Lince entró y se presentó. Me estuvo enseñando un album con dibujos de diferentes tatuajes para que yo eligiera uno, pues no tenía decidido cual hacerme. Ví uno que me gustó mucho. Era un caballito de mar. Me preguntó que dónde quería hacérmelo. Le dije que cerca de la ingle y de la tripa. Que lo que quería es que al ponerme las braguitas o el bikini, se me viera parte del tatuaje. Ella captó la idea y me dijo que no había ningún problema. Lince me dijo que me tumbara en el asiento. Era una de esas camas como las que hay en las consultas de los médicos para hacer reconocimientos a los pacientes. Me dijo que era necesario que me quitara la falda y las bragas para que pudiera trabajar a gusto. Me dio una toalla para que me la pusiera encima y me tapara mi sexo. Más que nada por si entraba su compañero (el cual también era tatuador).
Lince se fue a por unos guantes de esterilización y cuando regresó, yo ya estaba tumbada en la cama y con la toalla puesta sobre mi tripa y mis piernas. Me daba un morbo increíble el que me fuera a tatuar una chica. Y por qué no decirlo, me excitaba la idea.
Ella metió parte de la toalla entre mis piernas para dejar despejada la zona en la que iba a hacer el dibujo, que era en el lado derecho de mi cadera. Sentir como sus manos tocaban mi piel (aunque llevara guantes de látex) y el roce de la toalla con mi sexo, me puso como una moto. La parte de arriba no me la quité. Llevaba una camiseta ajustada por la que se marcaba mi sujetador y mis pechos, que no los tengo grandes, sino de un tamaño mediano. Y bueno, mis pezones se marcaban escandalosamente a través del sujetador y la camiseta, ya que los tenía muy excitados.
Lince comenzó a tatuarme. De vez en cuando levantaba la vista y me miraba. Aquellos ojos me estaban empezando a poner nerviosa. ¡Qué mirada tenía la chica!. Unos calambres comenzaron a recorrer mi cuerpo. El corazón se aceleraba a cada roce de sus manos con mi cuerpo. Los calores empezaron a hacerse evidentes pues se me pusieron los mofletes de la cara colorados. La respiración aumentó el ritmo. Conclusión: ¡me estaba excitando con aquella mujer que me estaba tatuando el vientre!.
Noté como mi vagina se mojaba poco a poco. Mis manos se agarraron a la camilla donde estaba tumbada. Lince debió darse cuenta de como me estaba poniendo. O tal vez no. El caso es que puso uno de sus brazos sobre mi pubis y apretó suavemente mientras seguía con el tatuaje. Al sentír aquella presión no pude contener el gemido y lo solté. No era un gemido de dolor, sino de placer. Apenas sentía el dolor de la aguja que iba entrando y saliendo de mi piel dibujando el tatuaje. Así estuve hasta que terminó el trabajito. Las sensaciones que mi cuerpo tuvo durante esos 45 minutos fueron la hostia. No llegué a correrme pero el placer me inundó completamente.
Lince terminó y, sin yo esperármelo, me retiró la toalla y mi sexo quedó al descubierto. Yo lo llevaba depilado y el pelo del pubis muy cortito. Me dijo que me levantara y me mirase en el espejo a ver si me gustaba como había quedado el tatuaje.
En el espejo podía ver mi silueta entera. Allí estaban mis largas piernas, mi sexo mojado y mi precioso tatuaje. Realmente Lince tenía unas manos divinas para tatuar. Me dijo que había que tapar la zona para que cicatrizara y que me esperaba mañana para ver cómo había evolucionado la “herida”.
Una vez me lo hubo tapado, y para mi sorpresa, me dió un cachete en el culo y me dijo:
- el próximo te lo hago en el culete.
Aquella palmadita en mi trasero, aumentó la excitación que todavía tenía mi cuerpo y me resultó muy sujerente. Me seguían temblando las piernas. Me puse las bragas y la falda y me marché de allí con una sensación de place inmensa. No pensaba en otra cosa que en volver a ver a Lince mañana.
Decidí ir directamente a casa a ducharme y a contarle a Aisea lo que me había ocurrido.
¡Ay!, que cierto es eso de que el dolor, a veces, da placer.
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